La histórica victoria de la Selección Argentina frente a Inglaterra en las semifinales del Mundial volvió a trascender lo deportivo. Lo que debía ser una celebración nacional terminó convirtiéndose en un nuevo frente de conflicto abierto por el presidente Javier Milei, quien eligió confrontar con los propios campeones del mundo y minimizar tanto el reclamo soberano sobre las Islas Malvinas como el dramático escenario social que atraviesan millones de argentinos.
Mientras el país celebraba un triunfo cargado de simbolismo frente al mismo rival con el que la Argentina mantiene una disputa histórica por las Malvinas, Lionel Messi utilizó el momento de mayor exposición internacional para recordar una realidad imposible de ocultar.
“Estamos orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente. Sabemos que los mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar. Que hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando”, expresó el capitán en una entrevista con TyC Sports.
Las palabras del mejor futbolista del mundo cayeron como un mazazo sobre el discurso oficial, que insiste en mostrar indicadores económicos positivos mientras amplios sectores de la población continúan enfrentando pérdida del poder adquisitivo, desempleo y dificultades para cubrir necesidades básicas.
La declaración de Messi se sumó a otro gesto que ya había incomodado al Gobierno: la bandera con la inscripción “Las Malvinas son Argentinas” desplegada por los jugadores al finalizar el encuentro, una imagen que rápidamente recorrió el mundo y que reavivó el consenso histórico de la sociedad argentina sobre el reclamo de soberanía.
Lejos de acompañar ese sentimiento colectivo, Milei eligió descalificarlo.
El Presidente calificó la consigna como un conjunto de “slogans berretas, populistas, nacionalistas y rancios”, y sostuvo que “las Malvinas se recuperan con diplomacia sabia y no con gestos de patrioterismo baratos”. Una definición que volvió a despertar cuestionamientos, especialmente por la conocida admiración que el mandatario ha manifestado en reiteradas oportunidades hacia la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, figura central durante la guerra de 1982.
Pero la controversia no terminó allí.
Este jueves, en declaraciones a Radio El Observador, Milei redobló la apuesta y cargó directamente contra quienes exhibieron la bandera durante los festejos.
Según el Presidente, ese gesto podría derivar incluso en una sanción económica para la Argentina y evidenciaría “lo imprudente del actuar de personas que podrían tener responsabilidades serias”. Luego profundizó la descalificación al afirmar que esas expresiones corresponden a “personas intrascendentes” a las que “nadie les da importancia”.
Las declaraciones provocaron un fuerte contraste con la percepción social. Resulta difícil sostener que los integrantes de la Selección Argentina —campeones del mundo, referentes deportivos y figuras de enorme reconocimiento internacional— sean “intrascendentes”, del mismo modo que parece desconectado de la historia argentina considerar impropio un mensaje que reivindica la soberanía sobre las Islas Malvinas, una política sostenida por todos los gobiernos democráticos desde 1983 y respaldada por la Constitución Nacional.
El episodio volvió a exponer una característica recurrente de la gestión libertaria: convertir cada acontecimiento de fuerte consenso popular en un nuevo escenario de confrontación. En lugar de capitalizar un triunfo que unió al país detrás de su Selección, el Gobierno eligió polemizar con sus principales protagonistas, cuestionar un símbolo compartido por la inmensa mayoría de los argentinos y responder con descalificaciones personales.
Sin discursos políticos, sin consignas partidarias y sin buscar deliberadamente la confrontación, Messi terminó pronunciando una frase que sintetizó una preocupación cotidiana para millones de familias: que muchos argentinos siguen sin llegar a fin de mes. Una afirmación que encontró eco inmediato en la sociedad y que contrastó con la reacción presidencial, más enfocada en desacreditar a quienes expresan esa realidad que en responder a las dificultades que la originan.
La escena dejó una imagen difícil de ignorar: mientras la Selección celebraba una victoria histórica abrazada a una bandera que reivindica la soberanía nacional y con un capitán que puso voz al sufrimiento social, el Presidente optó por confrontar con ambos mensajes. Una decisión política que, lejos de fortalecer su posición, volvió a colocarlo en tensión con sentimientos profundamente arraigados en buena parte de la sociedad argentina.










