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La alianza de los parias: Cómo la ultraderecha latinoamericana y el Estado de Israel reeditan los pactos de las dictaduras

El avance del trumpismo en la región ha abierto las puertas a una neocolonización silenciosa. Mientras los gobiernos de ultraderecha compran tecnología de vigilancia y armamento israelí para aplicar el modelo del apartheid palestino, documentos históricos desclasificados revelan que Tel Aviv ya encubrió el antisemitismo de los militares del Cono Sur para proteger sus intereses. ¿Qué está dispuesto a hacer el actual Estado de Israel con su nueva influencia en Latinoamérica?

Cualquier voz que alce la crítica contra el genocidio en Gaza es inmediatamente castigada con la acusación de antisemitismo. Sin embargo, la historia y los archivos desclasificados demuestran que el Estado de Israel no ha dudado en aliarse, aplaudir y encubrir a gobiernos genuinamente antisemitas cuando la conveniencia geopolítica y el negocio militar así lo han exigido.

Esta inquietante premisa fue puesta sobre la mesa en las últimas semanas por la periodista Ina Afino Genova en su programa A buena entendedora, donde se expuso la profunda y preocupante simbiosis entre la avanzada de la ultraderecha latinoamericana —impulsada por figuras como Javier Milei, Daniel Noboa, Santiago Peña, Nasry Asfura y Abelardo de la Espriella— y la expansión del Estado de Israel y su industria militar en la región.

El negocio del apartheid y el “paradigma securitario”

El contexto actual es el de una ofensiva comercial sin precedentes. En 2025, las exportaciones militares de Israel alcanzaron un récord histórico de 19.200 millones de dólares a nivel global. Para financiar los múltiples frentes de guerra que mantiene abiertos, Tel Aviv necesita ampliar su cuota de mercado, y Latinoamérica se ha convertido en su patio trasero ideal.

Esta expansión no es casualidad; está formalizada. El Departamento de Estado de EE. UU. y la Cancillería israelí conformaron un grupo de trabajo conjunto para América Latina, articulando una agenda hemisférica basada en un “paradigma securitario” probado en Palestina: el narcotráfico, el terrorismo y la migración como ejes de seguridad nacional.

Bajo estas excusas, las empresas tecnológicas y militares israelíes —líderes en drones, biometría y control fronterizo— encuentran en los nuevos gobiernos latinoamericanos a sus mejores clientes. En Ecuador, el Ministerio de Defensa confirmó el apoyo israelí en inteligencia y control fronterizo, incluyendo un opaco acuerdo con el Mossad. En Paraguay, se firmó un memorándum de defensa para capacitar a fuerzas de seguridad aeroportuaria. En Argentina, se proveen fusiles al Ejército, y en el Chile de José Antonio Kast se heredan contratos de tecnología para la frontera con Perú.

El caso de Honduras es quizás el más grotesco: audios filtrados por el expresidente Juan Orlando Hernández, preso por narcotráfico en EE. UU., confesaron que su indulto fue pagado por un grupo de rabinos que coimearon a Donald Trump. Un síntoma de la corrupción estructural que permea esta nueva alianza.

El espejo histórico: Israel y las dictaduras del Río de la Plata

Para entender el presente, es imperativo mirar el pasado. La publicación del libro Israel y las dictaduras en el Río de la Plata, una alianza política, del historiador Gerardo Leibner, ha sacudido los cimientos de la narrativa oficial.

Basado en informes reservados del archivo estatal israelí, hasta hace poco inaccesibles, Leibner demuestra que las dictaduras de Uruguay (1973-1985) y Argentina (1976-1983) y el Estado de Israel no estaban unidos por el amor, sino por el espanto. Eran “parias” internacionales, denunciados por crímenes de lesa humanidad.

La alianza fue cínica y letal: Israel aportaba su “capital simbólico” y su falso combate al antisemitismo para otorgar una pátina de respetabilidad a regímenes que, en los círculos castrenses, eran profundamente antisemitas.

La complicidad tuvo un costo humano. En Argentina, la comunidad judía representaba el 0,37% de la población, pero los judíos desaparecidos superaron el 5% del total. Al menos 1.500 judíos fueron desaparecidos por el Terrorismo de Estado. Lejos de denunciarlo, los diplomáticos israelíes minimizaban las amenazas de bomba a instituciones judías y negaban el trato antisemita a los presos.

El nivel de cinismo llegó a tal extremo que el embajador israelí de la época, Ram Nirgad, gestionó ante el Rabinato Supremo una autorización excepcional para que el rabino Salomón Benjamot asistiera a la boda del hijo del dictador Jorge Rafael Videla. El trámite era necesario por una ironía macabra: para entrar a una iglesia católica, el rabino requería un permiso especial de su propia religión. Israel calló para no perder el negocio y la alianza política.

Poder blando, evangelismo y los “Acuerdos de Isaac”

Hoy, la metodología ha evolucionado. A los negocios de armas se le suma una penetración diplomática y cultural profunda. A través de la Israel Allies Foundation, se reclutan legisladores pro-israelíes en la región.

Recientemente, parlamentarios de 12 países latinoamericanos firmaron en Buenos Aires los “Acuerdos de Isaac”, comprometiéndose a promover leyes antiterroristas (a menudo usadas para criminalizar la protesta social) e impulsar el traslado de sus embajadas a Jerusalén.

A esto se suma la articulación con el evangelismo radical, que comparte con la ultraderecha latinoamericana una visión teológica y política que justifica la ocupación colonial y la expulsión de los pueblos originarios, en este caso, los palestinos.

De aprendices a verdugos

La conclusión a la que nos invita el análisis de A buena entendedora es tan lúgida como urgente. El Estado de Israel que colaboraba con las dictaduras latinoamericanas en los años 70 ya era una fuerza de ocupación colonial y genocida. Sin embargo, en su accionar criminal de aquella época, apenas era un “aprendiz” comparado con la bestialidad industrial y mediática que despliega hoy en Gaza.

Si aquel Estado de Israel “aprendiz” fue capaz de utilizar el escudo del antisemitismo para encubrir el asesinato y desaparición de miles de sus propios connacionales con tal de vender armas a los militares del Cono Sur, la pregunta que debe retumbar en las conciencias críticas de Latinoamérica es inevitable: ¿De qué es capaz el actual Estado de Israel, ahora que tiene las fronteras, los servicios de inteligencia y las fuerzas policiales de nuestra región bajo su tutela tecnológica y militar?

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