El Presidente habló ante empresarios en el Council of the Americas y dejó una imagen que encendió nuevas señales de alarma. Confundió a la anfitriona del encuentro, mezcló críticas a empresarios, el aborto y los barbijos, reivindicó la pérdida de empleos y terminó apelando a insultos contra quienes cuestionan a su Gobierno. La respuesta de la platea fue, en buena medida, un silencio incómodo.
Javier Milei llegó al Hotel Alvear para hablar ante una de las principales tribunas empresariales del país, pero lejos de transmitir tranquilidad, previsibilidad o confianza, dejó entre los asistentes la sensación de estar frente a un Presidente disperso, errático y desbordado.
La aparición ante el Council of the Americas fue particularmente observada porque ocurrió después de diez días de retiro en Olivos, sin agenda pública ni reuniones con empresarios o dirigentes. Un período de aislamiento que incluso obligó al vocero presidencial, Adrián Ravier, a salir a desmentir versiones sobre eventuales problemas de salud del mandatario.
Pero las primeras señales de desconcierto aparecieron antes de que Milei comenzara a hablar. Al ingresar al hotel, el Presidente no reconoció a Susan Segal, la norteamericana que conduce el Council of the Americas desde hace 23 años y que oficiaba de anfitriona del encuentro.
Milei, en cambio, saludó rápidamente a Natalio Grinman, titular de la Cámara Argentina de Comercio y uno de sus principales respaldos dentro del empresariado.
La escena no fue menor. En un sector del establishment económico comienzan a crecer las dudas sobre el rumbo del Gobierno y sobre la posibilidad de que el experimento libertario termine generando una reacción social contra el modelo que buena parte del denominado Círculo Rojo todavía defiende.
Un Presidente que reta a quienes debería convencer
En lugar de aprovechar el escenario para transmitir certidumbre, Milei volvió a confrontar con empresarios.
Apuntó nuevamente contra Paolo Rocca, de Techint, a quien acusó de haberse beneficiado con la prohibición de exportar chatarra y de haber obtenido así mejores condiciones para adquirir insumos.
También cargó contra Javier Madanes Quintanilla, de Fate, y llegó a reivindicar la pérdida de 921 puestos de trabajo como consecuencia de la apertura del mercado de neumáticos.
“Tengo a 47 millones beneficiándose y 921 perjudicándose”, sostuvo el Presidente.
La frase sintetiza buena parte de la lógica económica que Milei intenta imponer: los trabajadores que pierden su empleo aparecen como un costo aceptable frente a una supuesta ganancia general que, por ahora, millones de argentinos no parecen percibir en sus bolsillos.
Pero el mandatario fue todavía más lejos.
“Si queremos ser grandes, tenemos que ponernos los pantalones largos y los prebendarios hijos de puta tienen que quebrar”, lanzó ante empresarios que, lejos de responder con una ovación, observaron la escena con evidente incomodidad.
Después los desafió directamente: “Ustedes tienen que definir de qué lado están”.
El tono no fue el de un Presidente intentando construir confianza con el sector privado. Fue el de un dirigente que vuelve a dividir, señalar enemigos y exigir adhesiones, incluso frente a quienes habían concurrido a escucharlo.
“La libertad duele”, mientras la industria y la construcción se desploman
Milei también defendió el costo social de su programa económico y sostuvo que la libertad “duele” y supone sufrimiento.
Una explicación difícil de digerir para los sectores productivos que atraviesan una fuerte contracción.
En primera fila, según pudo observarse durante el encuentro, intercambiaban comentarios Gustavo Weiss, presidente de la Cámara Argentina de la Construcción, y Martín Rapallini, titular de la Unión Industrial Argentina: dos sectores particularmente golpeados por la política económica del Gobierno.
Para Milei, sin embargo, el problema no está en el rumbo elegido sino en la velocidad con la que se produce la transformación.
“No tiene que moverse todo parejo, no funciona así”, sostuvo, y atribuyó la brusquedad de la apertura a las restricciones acumuladas durante gobiernos anteriores.
En su defensa, volvió a utilizar un ejemplo de la pandemia y habló de los barbijos para explicar los efectos que, según su interpretación, producen los controles de precios.
El problema es que, mientras el Presidente se pierde en ejemplos cada vez más alejados de la realidad cotidiana, hay empresas que cierran, sectores productivos que reducen su actividad y trabajadores que pierden sus puestos de trabajo.
Para Milei, las empresas desaparecen y eso sería “natural”
El mandatario también negó que exista una crisis salarial y relativizó el cierre de empresas.
“Es cierto que desaparecen empresas, pero son empresas de un empleado, mientras abren otras de 10 empleados”, afirmó.
Más tarde insistió: “Así como aparecen empresas, desaparecen empresas y es un fenómeno absolutamente natural”.
La frase revela una distancia cada vez mayor entre el discurso presidencial y la angustia de quienes viven las consecuencias concretas de la recesión.
Para quien pierde el empleo, la desaparición de una empresa no es un fenómeno natural: es la pérdida del salario, de la estabilidad y de un proyecto de vida.
Pero esa dimensión humana parece quedar fuera del cálculo presidencial.
El aborto, los barbijos y una batalla que terminó siendo “moral”
En medio de su exposición económica, Milei volvió a introducir uno de sus viejos caballos de batalla: el aborto legal.
Al hablar sobre población, mercado laboral y crecimiento, responsabilizó a “la locura de los pañuelitos verdes” por parte de los problemas que, según él, enfrenta la Argentina.
El discurso terminó alejándose todavía más de una explicación económica concreta cuando el Presidente aseguró que la verdadera batalla “no es económica” sino “moral”.
“Si nosotros volvemos a abrazar los valores judeocristianos y diseñamos políticas públicas que sean eficientes vamos a progresar”, sostuvo.
Y remató con una advertencia: “Si queremos ser una sociedad de inmorales seremos Sodoma”.
Así, ante empresarios convocados para escuchar definiciones sobre inversiones, producción, empleo y crecimiento, Milei terminó construyendo una exposición que mezcló apertura comercial, despidos, aborto, barbijos, religión, insultos y una defensa cerrada de su equipo económico.
Defensa cerrada de Sturzenegger y más insultos
El Presidente también realizó una defensa frontal del ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, cuestionado incluso dentro del propio oficialismo después de los cambios introducidos a la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada para conseguir su aprobación en la Cámara de Diputados.
“Cuando vean a un sorete, a una mierda humana criticando a Federico, es porque están defendiendo a prebendarios”, disparó.
Luego volvió a insistir:
“Los hijos de puta prebendarios tienen que quebrar”.
La retórica presidencial parece haber encontrado nuevamente su combustible habitual: enemigos, insultos y una división permanente entre quienes adhieren al modelo y quienes osan cuestionarlo.
Milei aseguró además que la economía debería estar abierta “en un 90%”, pero que actualmente lo está apenas en un 30%. Según planteó, recién si consigue ser reelegido podrá concretar una apertura económica de la que pueda “jactarse”.
Pocos aplausos y muchas preguntas
El dato político más contundente del encuentro no estuvo en ninguna de las frases del Presidente, sino en la reacción de quienes lo escuchaban.
Hubo pocos aplausos y buena parte de ellos provino de las filas ocupadas por ministros y funcionarios.
Para un Presidente que necesita convencer a empresarios de invertir, producir y apostar por el país, la falta de entusiasmo de la propia platea empresarial debería ser, como mínimo, una señal de alerta.
Milei cerró asegurando que no está preocupado por las críticas a su programa ni por el cierre de empresas.
Pero acaso el verdadero problema sea justamente ese: un Presidente que parece no preocuparse por aquello que preocupa a todos los demás.
Mientras una parte de la economía real reclama previsibilidad, empleo y condiciones para producir, Milei ofrece insultos. Mientras la industria y la construcción sufren, habla de que “la libertad duele”. Mientras trabajadores pierden sus puestos, celebra que “47 millones” se beneficien aunque cientos queden afuera.
Y ante una platea empresarial que esperaba escuchar al jefe del Estado, volvió a aparecer el Milei de la confrontación permanente: menos estadista y más polemista, menos conductor y más agitador.
La pregunta que queda flotando ya no es solamente si el modelo libertario funciona.
Es si el propio Presidente conserva la capacidad de escuchar a quienes, hasta hace poco, eran considerados sus aliados naturales.










