Lejos de ajustar a su estatuto, el organismo repite la receta de Macri: corre el arco fiscal, manipula la valuación del oro que Caputo y Bausili sacaron del país y desprecia a la oposición por orden de Washington.
Lejos de su supuesta independencia técnica y violando flagrantemente los principios que deberían regir su estatuto, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha vuelto a descender al barro de la militancia política. Al menos en Argentina, el organismo multilateral se ha convertido en un lobista de lujo al servicio del actual gobierno, repitiendo el vergonzoso derrotero que ya había protagonizado para favorecer a Mauricio Macri en su momento, y que ahora perfecciona con Javier Milei. La conclusión es ineludible: primero inventaron un crédito impagable y prohibido para salvar una elección, y hoy hacen la vista gorda ante los constantes y groseros incumplimientos del oficialismo.
Tal como revela hoy el portal La Política Online (LPO) en una demoledora investigación firmada por Luciana Glezer, el Gobierno nacional no cumplió la meta fiscal, pese a que el Fondo ya se la había rebajado a medida. Pero el escándalo no termina ahí: para que el Gobierno pudiera “superar” la meta de reservas, el organismo le corrió el arco en 11.800 millones de dólares y recurrió a un truco de magia contable con el oro del Banco Central.
La farsa fiscal y el subterfugio criollo
El primer y más evidente fracaso está en las cuentas fiscales, donde la realidad se impuso sobre el relato. Cuando se aprobó el programa en abril de 2025, la Argentina debía acumular al 30 de junio de 2026 un superávit primario de 8,45 billones de pesos. Ante la evidente inviabilidad, para la segunda revisión el Fondo redujo esa exigencia a 6,86 billones. Sin embargo, el resultado efectivo terminó en 6,29 billones. El Gobierno quedó unos 570.000 millones de pesos por debajo de una meta que ya había sido recortada en casi 1,6 billones.
Para cerrar esta tercera revisión, el oficialismo deberá pedir un waiver (dispensa) por incumplimiento del criterio de desempeño. Y para intentar llegar al número, el Gobierno apeló a un subterfugio doméstico de manual: pospuso la presentación de las declaraciones juradas de Ganancias, alterando el calendario tributario alrededor de la fecha de corte. Un pequeño truco argentino dentro de una negociación donde cada peso cuenta, pero que aun así, no alcanzó para ocultar el bache fiscal.
El truco de magia con las reservas y el oro desaparecido
Si el fiscal es un desastre, el frente de las reservas es directamente una toma de pelo. En el programa original, la meta exigía una variación positiva de 3.200 millones de dólares para junio. Tras la segunda revisión, el objetivo pasó a una variación negativa de 8.600 millones. Entre un número y otro, hay 11.800 millones de dólares de “flexibilización”; es decir, el FMI le cambió las reglas de juego al país para que no fracase estrepitosamente.
Pero el plato fuerte de este circo contable es la valuación del oro. Para esta etapa, el Fondo decidió tomar como referencia el precio vigente al 31 de diciembre de 2025, cuando la onza troy estaba cerca de sus máximos históricos. Entre esa fecha y el 30 de junio de 2026, el oro cayó alrededor de un 13%. Al mantener el precio de referencia de diciembre, la caída no entró en la fotografía, mejorando en unos 3.000 millones de dólares la medición de las tenencias del Central. Un efecto puramente contable, pero decisivo para salvar los platos rotos.
Esta maniobra adquiere una dimensión aún más oscura por el destino del oro del Banco Central. Para el cálculo de reservas internacionales netas sólo pueden computarse los activos externos de libre disponibilidad, excluyendo aquellos prendados o comprometidos. Sin embargo, el Gobierno mantiene bajo estricta confidencialidad los detalles sobre el destino y las prendas que existen sobre el oro que Luis Caputo y Santiago Bausili sacaron del país. Nadie sabe a ciencia cierta si esas reservas existen en términos de libre disponibilidad, pero al FMI parece no importarle.
Sumisión a Trump y desprecio a la democracia
El apoyo político del FMI al programa de Milei, por arriba de cualquier consideración técnica y forzado por la administración Trump, no es un secreto a voces. La misión encabezada por Joyce Wong pasó una semana en Buenos Aires revisando números y reuniéndose con funcionarios, mientras José Luis Daza ofició de anfitrión y llevó buena parte de las conversaciones.
Pero la sumisión del organismo tuvo un costo democrático. Legisladores opositores habían enviado una carta al FMI para pedir una reunión y exigir respuestas. El organismo, en un gesto de absoluto desprecio a las instituciones representativas, ni siquiera acusó recibo. El malestar se transformó en indignación cuando trascendió que la delegación sí mantuvo encuentros con Carlos Melconian y representantes del establishment económico. “Se juntaron con Carlos Melconian, un economista que representa los intereses de cierto establishment, y no con los legisladores que representan al pueblo”, denunció a LPO un diputado opositor, evidenciando la naturaleza de clase de estas misiones.
La desconexión entre el relato y la realidad
Mientras los técnicos del Fondo iban a buscar información de quienes generan los dólares, manteniendo contactos discretos con las cerealeras para conocer los efectos de El Niño en la próxima cosecha, Javier Milei daba un show desde Nueva York. El Presidente sostuvo ante el mundo que a la Argentina le salen “dólares por las orejas” y habló de una absurda abundancia de divisas. La escena contrasta con el pánico de los técnicos del FMI en Buenos Aires, que saben que una cosecha más floja significa menos oferta de dólares justo cuando la acumulación de reservas vuelve a ser una urgencia vital para enfrentar los fuertes vencimientos del año que viene.
Ahora, con los técnicos del Fondo haciendo las valijas rumbo a Washington, el Gobierno de Milei confía en que la revisión pasará los filtros del staff. No porque los números cierren, sino porque cuentan con la “ayudita política” del directorio. El FMI vuelve a demostrar que no es un organismo de crédito, sino un fondo de inversión política dispuesto a hipotecar el futuro de los argentinos con tal de mantener a flote a sus socios ideológicos.










