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Weretilneck vuelve a pasar por el banco: US$ 85 millones de crédito y una deuda que sigue bajo la alfombra

El gobernador celebró en Washington el financiamiento del BID como una muestra de “confianza” hacia su gestión. Serán US$ 80 millones de deuda externa y US$ 5 millones de fondos provinciales para obras productivas y equipamiento. El problema es que Río Negro todavía arrastra una pesada mochila financiera, con el Plan Castello como principal emblema de un endeudamiento tomado en dólares durante la primera gestión de Weretilneck. Con las elecciones del año próximo en el horizonte, la pregunta incómoda es inevitable: ¿desarrollo o maquillaje electoral financiado a crédito?

Alberto Weretilneck regresará de Washington con una noticia que el Gobierno provincial seguramente convertirá en bandera de gestión: el Banco Interamericano de Desarrollo aprobó un programa de financiamiento por US$ 85 millones destinado a obras de infraestructura productiva en Río Negro.

La cifra suena importante. Y las obras también.

Habrá electrificación rural, infraestructura de riego, tecnología para productores, equipamiento para combatir incendios y diferentes intervenciones destinadas a ampliar la superficie productiva de la provincia.

Pero hay una parte de la historia que el discurso oficial suele contar bastante menos.

Los US$ 85 millones no son un regalo. Son financiamiento. Y financiamiento significa deuda.

Del total, US$ 80 millones serán aportados por el BID y los US$ 5 millones restantes saldrán de las arcas provinciales.

Weretilneck, desde Washington, presentó el acuerdo como una demostración de confianza internacional. Dijo que “cuando una provincia tiene un rumbo claro, planifica a largo plazo y cumple con sus compromisos, el mundo acompaña”.

La frase resulta políticamente impecable.

El problema aparece cuando se mira la planilla de la deuda.

El Plan Castello, el elefante en la habitación

Según reportes de calificadoras de riesgo, a marzo de 2026 la deuda total de Río Negro rondaba los $444.524 millones.

Y dentro de ese pasivo aparece el viejo conocido: el bono del Plan Castello, identificado en el mercado como RND25.

Fue la gran apuesta de endeudamiento de la primera gestión de Weretilneck. Un préstamo en dólares que, al momento de ser tomado, parecía mucho más manejable debido al valor de la moneda estadounidense.

Después llegó la devaluación.

Y la deuda, naturalmente, también se devaluó.

Pero para el lado contrario.

Lo que en los papeles parecía una herramienta financiera relativamente accesible terminó convirtiéndose en una pesada carga para las cuentas provinciales. El proceso obligó posteriormente a reestructurar el bono y extender su vencimiento hasta 2028.

Es cierto que la reestructuración permitió reducir el capital adeudado en moneda extranjera. Pero a marzo de este año Río Negro todavía mantenía unos US$ 302 millones vinculados al RND25.

Dicho de otro modo: mientras Weretilneck celebra que consiguió US$ 80 millones del BID, la provincia todavía tiene cientos de millones de dólares pendientes de aquel endeudamiento que lleva su sello político.

Deuda vieja, deuda nueva

La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando se observa el estado actual de las cuentas públicas.

Río Negro cerró 2025 con déficit financiero y durante este año debe enfrentar importantes vencimientos de deuda, entre ellos nuevos servicios de renta del bono RND25.

Para obtener liquidez y equilibrar sus cuentas, el Gobierno provincial también recurrió a nuevas emisiones de deuda en pesos.

Y ahora llega el BID.

El argumento oficial es que no se trata simplemente de endeudarse, sino de invertir para producir.

Es una diferencia importante.

No es lo mismo tomar deuda para financiar gasto corriente que hacerlo para construir infraestructura que pueda generar producción, empleo y recursos durante décadas.

Pero hay una condición indispensable: que las inversiones efectivamente produzcan esos resultados y que el Estado pueda afrontar los compromisos financieros sin trasladar el costo a las futuras generaciones.

Ahí aparece el verdadero interrogante.

¿Y si además es electoral?

Hay otro detalle que resulta imposible ignorar.

El próximo año habrá elecciones.

Y en política las obras tienen un valor adicional: se ven.

Una red eléctrica se inaugura. Un canal se fotografía. Una maquinaria se muestra. Un camión del SPLIF se presenta. Una obra de riego se transforma en un acto oficial.

La deuda, en cambio, casi nunca tiene ceremonia.

No hay cinta para cortar cuando llega la cuota.

No hay foto cuando vence un bono.

No hay discurso cuando los intereses presionan las cuentas públicas.

Por eso, el nuevo financiamiento puede ser presentado como una extraordinaria oportunidad de desarrollo y, al mismo tiempo, debe ser observado con lupa.

Después de años de reclamos por infraestructura productiva, el Gobierno tendrá ahora recursos para mostrar respuestas concretas en distintos puntos de la provincia.

El riesgo es que la obra termine siendo inmediata y la factura quede para después de las elecciones.

Obras necesarias, interrogantes pendientes

El programa del BID contempla 85 kilómetros de red eléctrica en Guardia Mitre, 32,2 kilómetros de tendido en Negro Muerto, infraestructura para incorporar unas 13.000 hectáreas productivas, modernización del sistema de riego del IDEVI y obras para ampliar la superficie cultivada en Margen Norte.

También se prevén US$ 6 millones para mallas antigranizo y una importante renovación del equipamiento del SPLIF.

Son obras que pueden resultar fundamentales para el desarrollo de Río Negro.

Precisamente por eso merecen algo más que un acto político.

Merecen transparencia.

¿Cuánto costará finalmente cada obra?

¿Cuáles serán las condiciones financieras del crédito?

¿Cuánto pagará Río Negro en intereses?

¿Qué período de gracia tendrá?

¿Cuál será el costo total del financiamiento?

¿Qué porcentaje de los recursos llegará efectivamente a obras y cuánto se destinará a gastos asociados?

Y, fundamentalmente, ¿qué impacto tendrá esta nueva deuda sobre una provincia que todavía está pagando el Plan Castello?

Son preguntas que deberían formar parte de cualquier discusión seria sobre el futuro financiero de Río Negro.

“El rumbo está claro”

Weretilneck sostuvo en Washington que “el rumbo está claro y genera confianza”.

También aseguró que el desafío será lograr que los rionegrinos aprovechen los beneficios de estas inversiones durante las próximas décadas.

La frase puede convertirse en una excelente síntesis de la discusión que viene.

Porque si las obras generan producción, empleo, exportaciones y desarrollo, el crédito habrá sido una herramienta válida.

Pero si dentro de algunos años los rionegrinos vuelven a encontrarse con una montaña de deuda, nuevas reestructuraciones y cuentas provinciales condicionadas por decisiones tomadas desde el poder, entonces habrá que preguntarse si el “rumbo claro” no era simplemente otra ruta hacia el endeudamiento.

El Plan Castello dejó una lección que Río Negro todavía está pagando.

Ahora Weretilneck vuelve a pedir prestado.

Esta vez al BID.

Y aunque desde Washington la noticia se presente como una señal de confianza, en Río Negro la pregunta debería ser bastante más sencilla:

¿cuánto nos va a costar esta nueva confianza?

Porque los dólares del crédito llegan rápido.

Las cuotas, en cambio, se quedan durante años.

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