En Catriel, la Maratón de la Lectura no midió kilómetros, sino galaxias. Entre el viento patagónico y las alfombras que son mapas, las familias y los más pequeños descubrieron que los libros son el primer hogar que habitarán para siempre.
En Catriel, donde el viento dibuja olas invisibles sobre la tierra y el cielo patagónico se abre como un libro inmenso, existe un refugio de colores. Este viernes, las paredes del Jardín de Infantes Intercultural Bilingüe N.º 43 no encerraron, sino que abrazaron. Y cuando en este pequeño pueblo la Maratón de la Lectura echó a andar bajo el lema “Del futuro al más allá”, no hubo zapatillas que rocen el suelo, sino alas que desplegaron la imaginación.
Fue una hermosa jornada donde las familias compartieron junto a sus hijos e hijas momentos de lectura, disfrutando de diversos libros y propuestas literarias que desafiaron los límites de la realidad. Los pequeños se sentaron en ronda, sobre alfombras que eran mapas, y abrieron los oídos como quien abre las manos para atrapar la lluvia. En este maratón no se corren kilómetros, se cruzan galaxias.
La voz de las maestras fue un hilo de oro que cosió la realidad con la fantasía, y cada cuento, una semilla que cayó en el surco fértil y virgen de la mente. La primera y más grande bondad de este encuentro fue el asombro.
Es el milagro de ver cómo unos ojos de cuatro años se iluminan con el fuego de un dragón o se entristecen con la soledad de una estrella. En la intimidad de un pueblo pequeño, donde las puertas no se cierran con llave y los vecinos son familia extendida, la lectura se volvió un acto de comunión. Afuera, la aridez de la meseta rionegrina descansaba bajo el sol; adentro, florecían selvas de papel, ríos de tinta y montañas de consonantes.
Esta experiencia permitió encontrarse, imaginar y descubrir nuevos mundos, promoviendo el maravilloso hábito de la lectura en comunidad. Pero, por sobre todas las cosas, la maratón se erigió como el antídoto contra la distancia geográfica, el puente invisible que une a estos niños con el mundo entero sin que tengan que abandonar su terruño. Les enseñó que el universo cabe en las páginas de un álbum ilustrado y que la empatía nace cuando uno aprende a caminar con los zapatos de otro, aunque ese otro sea un lobo, un oso o un niño de otra latitud.
Al caer la tarde, cuando el sol patagónico tiñe de naranja y violeta los cerros y el viento amaina, la maratón hizo una pausa. Los niños regresaron a sus casas, pero no volvieron solos; llevaban en los bolsillos invisibles a los héroes, a los monstruos buenos y a las hadas que olvidaron sus varitas.
La gran bondad de este maratón no es solo que aprendan a descifrar los signos de las letras, sino que descubran, en la calidez de la voz que narra, que la palabra dicha con amor es el primer hogar que habitarán para siempre.
Porque en Catriel, leer en voz alta no es solo un ejercicio escolar; es sembrar estrellas en la noche de la estepa. Es asegurar que, aunque el viento sople fuerte, las raíces de estos niños estarán siempre regadas por el agua dulce y eterna de los cuentos.
¡Gracias a todas las familias por ser parte de esta hermosa jornada literaria!














