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(AUDIO) Cada sábado, una olla, 75 viandas y una esperanza: la silenciosa red solidaria de una iglesia de Catriel que asiste a familias vulnerables

Mientras crece la demanda de ayuda alimentaria, la Iglesia Centro Cristiano Misionero sostiene con recursos propios un ropero comunitario y un servicio semanal de viandas para personas en situación de vulnerabilidad. La iniciativa refleja el papel que muchas organizaciones religiosas cumplen en Argentina como red de contención frente a una crisis social que supera la capacidad de respuesta estatal.

En una esquina de barrio, lejos de los grandes anuncios y de las campañas oficiales, cada sábado se encienden las hornallas mucho antes del mediodía. En la Iglesia Centro Cristiano Misionero (CCM), ubicada en Jamaica y Los Sauces de Catriel, un grupo de voluntarios transforma alimentos donados en alrededor de 70 a 75 viandas destinadas a familias que atraviesan dificultades económicas.

No se trata solamente de repartir comida. La propuesta incluye escucha, acompañamiento y un espacio de contención para quienes llegan con necesidades que muchas veces van más allá del hambre.

En un contexto nacional donde la pobreza y la indigencia continúan afectando a millones de argentinos, la experiencia de esta congregación refleja una realidad que se repite en numerosos puntos del país: las iglesias se convierten, en muchos casos, en la primera respuesta cuando las familias ya no encuentran otras alternativas.

Una idea que creció junto con la necesidad

Durante una entrevista concedida al programa “De Ida y Vuelta”, que conduce Ramón Sebastián Villablanca por FM Laser Catriel, Aldo Coria recordó cómo comenzó la iniciativa.

La propuesta nació durante una reunión de la congregación y, en un principio, el objetivo era mucho más modesto.

“Primeramente la idea era hacer una vianda por mes, pero gracias a Dios se fue proveyendo y ahora estamos haciendo una todos los fines de semana”, relató.

El aumento de la demanda y el compromiso de los integrantes de la iglesia hicieron que aquella experiencia inicial se transformara en una actividad permanente.

Aunque fueron los hombres de la congregación quienes impulsaron el proyecto, hoy participan jóvenes, mujeres y familias enteras en la preparación de los alimentos.

Cada semana organizan la compra y recepción de insumos, cocinan en conjunto y luego distribuyen las porciones entre quienes las necesitan.

En esta oportunidad, el menú fue un abundante guiso preparado para alimentar a decenas de vecinos.

Una ayuda sin requisitos

Uno de los rasgos que distinguen la iniciativa es el criterio con el que se entrega la asistencia.

No existen formularios, certificados ni evaluaciones socioeconómicas.

Para los voluntarios, el hecho de que una persona se acerque a buscar una vianda constituye, por sí mismo, un indicador suficiente de necesidad.

“Si vienen a buscar es porque necesitan. Eso ya está en el corazón de cada persona”, explicó Coria.

La entrega se realiza directamente en el templo, donde además del alimento los voluntarios procuran generar un momento de conversación con quienes llegan.

Cada persona recibe también un versículo bíblico y palabras de acompañamiento espiritual.

Cuando detectan que existen vecinos con dificultades para movilizarse o adultos mayores que no pueden acercarse, son los propios integrantes de la iglesia quienes recorren distintos sectores de Catriel para llevar la comida hasta sus domicilios.

“Llegaron justo cuando no teníamos nada”

Los testimonios de quienes reciben la ayuda constituyen uno de los principales motores para sostener el proyecto.

Según contó Aldo Coria, muchas familias expresan que la asistencia aparece en momentos críticos.

“Hay gente que nos dice: ‘Llegaron en un momento justo porque no teníamos nada’. Esos son los testimonios que más nos motivan para seguir haciendo el esfuerzo todos los fines de semana”, señaló.

Detrás de cada vianda hay historias de desempleo, ingresos insuficientes, jubilaciones que no alcanzan y familias que deben priorizar entre pagar servicios o comprar alimentos.

Los voluntarios aseguran que el objetivo no se limita a ofrecer un plato caliente.

También buscan construir vínculos, acompañar emocionalmente y abrir un espacio donde las personas puedan sentirse escuchadas.

“Nuestro trabajo va más por ese lado también: que la gente conozca la iglesia, conozca a los pastores, pueda conversar y también conozca a Dios proveedor”, expresó Coria.

El ropero solidario continúa funcionando

La elaboración de viandas no es la única acción comunitaria que desarrolla la Iglesia CCM.

Desde hace tiempo mantiene un ropero solidario donde se entregan prendas de vestir y abrigo para personas de todas las edades, especialmente durante los meses de invierno.

Las donaciones son clasificadas por voluntarios antes de ser distribuidas entre quienes las solicitan.

La combinación entre asistencia alimentaria y entrega de ropa permite responder a dos de las necesidades más urgentes que atraviesan muchas familias.

Una realidad que se repite en todo el país

La experiencia de Catriel forma parte de un fenómeno mucho más amplio.

En Argentina, tanto la Iglesia Católica como numerosas iglesias evangélicas y otras organizaciones religiosas desarrollan desde hace décadas una intensa tarea social que, en muchos lugares, constituye una verdadera red de contención frente al incremento de la pobreza.

Sus acciones incluyen comedores comunitarios, merenderos, refugios para personas en situación de calle, roperos solidarios, centros de recuperación de adicciones, apoyo escolar, asistencia para la compra de medicamentos, programas de capacitación laboral y acompañamiento espiritual.

La red más extensa corresponde a Cáritas Argentina, presente en prácticamente todas las diócesis del país, mientras que durante las últimas dos décadas las iglesias evangélicas multiplicaron comedores, centros comunitarios y programas de asistencia en barrios populares.

Especialistas en políticas sociales sostienen que estas organizaciones poseen una ventaja difícil de replicar por otras instituciones: conocen personalmente a las familias, mantienen presencia permanente en los barrios y pueden actuar con rapidez ante situaciones de emergencia.

Solidaridad que complementa, pero no reemplaza al Estado

El crecimiento de estas iniciativas también abre un debate sobre el rol del Estado frente a la emergencia social.

Diversos estudios sobre políticas públicas coinciden en que la solidaridad organizada cumple una función imprescindible, pero no sustituye las obligaciones estatales en materia de derechos sociales.

Las iglesias logran responder con rapidez gracias al compromiso de sus comunidades, aunque dependen casi exclusivamente de donaciones y del trabajo voluntario.

Su intervención representa una ayuda concreta para miles de personas, pero no reemplaza políticas públicas estructurales destinadas a garantizar alimentación, salud, vivienda, educación y empleo.

Una crisis que aún golpea a millones

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), durante el segundo semestre de 2025 la indigencia alcanzó al 6,3 % de la población argentina, lo que representa aproximadamente 2,9 millones de personas cuyos ingresos no alcanzaban siquiera para cubrir una canasta básica alimentaria.

En paralelo, el primer relevamiento nacional sobre personas en situación de calle difundido en 2026 registró 9.421 personas viviendo sin una vivienda, aunque organizaciones sociales consideran que la cifra podría ser superior debido a limitaciones metodológicas y a la falta de cobertura completa en algunas provincias.

Aunque no existe un dato nacional consolidado sobre niños menores de 12 años en situación de calle, distintos relevamientos locales muestran un incremento sostenido de familias con menores atravesando condiciones de extrema vulnerabilidad.

Una olla que representa mucho más que comida

Cada sábado, cuando las viandas comienzan a salir de la cocina de la Iglesia Centro Cristiano Misionero, el gesto parece sencillo: un recipiente con comida caliente.

Sin embargo, detrás de cada porción existe una organización silenciosa, horas de trabajo voluntario, alimentos aportados por la propia congregación y la decisión colectiva de no permanecer indiferentes frente a la necesidad.

En tiempos donde muchas familias encuentran dificultades para cubrir lo más básico, estas iniciativas muestran cómo la solidaridad comunitaria puede convertirse en un alivio inmediato y en un espacio de contención humana. Una respuesta nacida desde la sociedad civil que, sin dejar de evidenciar las carencias existentes, demuestra que el compromiso de una comunidad organizada puede marcar una diferencia concreta en la vida de quienes más lo necesitan.

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