En Catriel, una vez más, la comunidad es interpelada allí donde el Estado hace años decidió mirar para otro lado. La historia no es excepcional, pero sí profundamente injusta: una madre sola, una nena de apenas 7 años con múltiples dolencias y un sistema que, lejos de garantizar derechos básicos, empuja a pedir ayuda pública para sobrevivir.
Melisa Mecias no recurrió a la solidaridad por comodidad ni por oportunismo. Lo hizo porque no tuvo alternativa. Su hija Catalina nació con apenas 28 semanas de gestación y, desde entonces, su vida y la de su familia quedaron atravesadas por diagnósticos, tratamientos, viajes y gastos imposibles de afrontar sin recursos. Como ocurre en tantos rincones del país, cuando la salud se vuelve costosa, el Estado se vuelve ausente.
Catalina padece hipoacusia bilateral como secuela de una meningitis intrahospitalaria, lo que hace urgente la compra de audífonos de costos millonarios. Tiene retraso madurativo cognitivo. Sufrió una retinopatía del prematuro severa, fue operada, pero su visión se deteriora progresivamente: hoy presenta un aumento de -10, además de estrabismo, astigmatismo y miopía, lo que obliga a cambiar lentes con frecuencia porque, literalmente, sin ellos no ve.
A esto se suman problemas gastrointestinales que le impiden subir de peso y la mantienen en un estado de desnutrición constante, alergias alimentarias y una larga lista de especialistas que deben intervenir: neurólogo, fonoaudiólogas, gastroenteróloga, nutricionista, alergista, oftalmólogo, psicopedagoga, otorrinolaringólogo y otros profesionales que van apareciendo a medida que surgen nuevos diagnósticos. Muchos de ellos no atienden por Salud Pública, lo que obliga a viajar a otras ciudades y pagar consultas privadas.
Mientras los manuales repiten que los impuestos existen para garantizar salud, educación y seguridad, la realidad demuestra otra cosa: se paga, pero la cobertura siempre es incompleta. En los hechos, la asistencia termina dependiendo del bolsillo familiar o, como en este caso, de la empatía colectiva. Melisa lo dice sin eufemismos: no puede trabajar porque debe cuidar a una niña con discapacidad y ningún empleo tolera ausencias permanentes para viajes médicos. Aun así, sigue luchando, golpeando puertas que no se abren.
“Sé que muchos me van a ayudar y muchos a criticar, pero si no necesitara la ayuda no la pediría”, escribió en su publicación de Facebook. No es una frase menor. Es el resumen de una humillación silenciosa que miles de familias atraviesan cuando el sistema las abandona.
Hoy lo más urgente es reunir fondos para los audífonos y los lentes de Catalina. Pero el trasfondo es mucho más profundo: ¿hasta cuándo la salud de las infancias dependerá de rifas, alias bancarios y la buena voluntad de la comunidad? ¿Hasta cuándo la solidaridad deberá suplir políticas públicas que nunca llegan?
Quienes puedan colaborar, incluso con un aporte mínimo, estarán ayudando no solo a una nena que necesita oír y ver para desarrollarse, sino también enviando un mensaje claro: la indiferencia no puede ser la norma.
Datos para colaborar:
📞 Teléfono: 299 4130067
💳 Alias: CATA.M.2018 (a nombre de Mecias Melisa Janet)
En Catriel, la pregunta ya no es si la comunidad va a responder. La pregunta incómoda es por qué siempre tiene que hacerlo sola.










