El relato de una Cuba convertida en “amenaza” para Estados Unidos vuelve a ocupar el centro de la política exterior de Donald Trump. Un análisis del periodista Ángel González sostiene que detrás de esta ofensiva existe una estrategia destinada a fabricar un pretexto político para profundizar el bloqueo y preparar el terreno para acciones aún más agresivas contra la isla.
Hay una vieja fórmula de la política internacional: primero se construye al enemigo, después se fabrica el miedo y finalmente se presenta la agresión como una necesidad inevitable.
Según el análisis publicado por el periodista Ángel González en el portal Razones de Cuba, esa sería precisamente la lógica que estaría aplicando la administración de Donald Trump contra Cuba, con el secretario de Estado Marco Rubio como una de las figuras centrales de una ofensiva que busca instalar la idea de que la isla constituye una amenaza para la seguridad nacional estadounidense.
La estrategia, sostiene el análisis, tendría entre sus principales arquitectos a Mauricio Claver-Carone y Jeremy Lewin. El objetivo sería construir una narrativa suficientemente poderosa como para que cualquier escalada contra Cuba pueda ser presentada ante la opinión pública como una respuesta defensiva y no como una decisión política.
La pregunta que queda flotando es inevitable: ¿cuánto hay de amenaza real y cuánto de amenaza fabricada?
Claver-Carone y Rubio: los hombres del endurecimiento
Para el gobierno cubano, Mauricio Claver-Carone representa una de las figuras más duras de la política estadounidense hacia la isla.
De origen cubano y nacido en Miami, Claver-Carone consolidó durante el primer mandato de Trump una relación estrecha con el entonces presidente y ocupó la dirección de Asuntos del Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional.
Desde esa posición, junto a Marco Rubio, participó del endurecimiento de la política hacia Cuba y de la aplicación de cientos de nuevas medidas destinadas a profundizar las sanciones económicas.
La Habana lo acusa directamente de haber impulsado una estrategia destinada a provocar el colapso de la economía cubana.
El propio Claver-Carone ha defendido la utilización de herramientas de presión cada vez más sofisticadas para golpear sectores estratégicos de la economía de la isla. Sus declaraciones previas a la llegada al cargo, según el análisis de González, anticipaban una política de máxima presión.
No se trata, entonces, solamente de una disputa diplomática. Es una política deliberada de asfixia económica que ahora parece necesitar un nuevo ingrediente: un enemigo todavía más peligroso en el imaginario público estadounidense.
El informe de las cien páginas y la amenaza que necesita pruebas
El 20 de julio de 2026, el Departamento de Estado publicó un informe de aproximadamente cien páginas titulado Cuba: The Capital of 21st Century Communism.
El documento acusa a Cuba de haber desarrollado durante décadas una campaña de espionaje y subversión dentro del territorio estadounidense.
Pero el análisis publicado por González formula una pregunta incómoda: ¿dónde están las pruebas?
La crítica apunta a que el informe, al menos en su versión pública, no ofrece elementos verificables suficientes que permitan comprobar algunas de sus acusaciones más graves. No presenta, según el análisis, una nómina de agentes cubanos identificados, interceptaciones de comunicaciones o documentación de inteligencia desclasificada que permita contrastar sus afirmaciones.
La acusación, en cambio, se construye mediante una sucesión de hechos, contactos y vínculos que son integrados dentro de una misma trama.
La lógica sería sencilla: primero se establece que Cuba representa una amenaza; luego se seleccionan hechos que permitan sostener esa conclusión.
El enemigo ya está definido. Solo falta construir el expediente que lo demuestre.
El análisis también cuestiona el uso de herramientas de inteligencia artificial en la elaboración del documento y advierte sobre el riesgo de que tecnologías capaces de generar grandes volúmenes de información sean utilizadas para producir narrativas políticas con apariencia de análisis objetivo.
Si la inteligencia artificial puede fabricar imágenes, voces y videos falsos, la pregunta es si también puede ser utilizada para fabricar, o al menos amplificar, relatos políticos destinados a instalar una determinada percepción sobre un país.
El bloqueo desaparece del relato
Hay algo particularmente llamativo en esta historia: cuando Washington acusa a Cuba de representar una amenaza, el bloqueo económico que Estados Unidos mantiene sobre la isla desde hace más de seis décadas parece desaparecer del relato.
Desaparecen también, según La Habana, la invasión de Bahía de Cochinos, los intentos de asesinato contra dirigentes cubanos, las operaciones encubiertas y las distintas acciones destinadas a promover un cambio de régimen.
Todo queda reducido a una única narrativa: Cuba es el agresor y Estados Unidos, la víctima.
El gobierno cubano rechaza esa interpretación y sostiene que la relación de fuerzas entre ambos países hace difícil sostener que la isla pueda constituir una amenaza militar o estratégica real para Washington.
Miguel Díaz-Canel lo expresó en términos contundentes al afirmar: «Si algún país ha espiado y atacado a otro a niveles obscenos, ese ha sido Estados Unidos contra Cuba».
El presidente cubano también ha sostenido que Cuba nunca ha actuado con el objetivo de dañar al pueblo estadounidense ni de poner en riesgo su seguridad nacional.
La asimetría es evidente: una pequeña nación sometida durante décadas a sanciones económicas enfrenta a una superpotencia militar con una capacidad tecnológica, económica y bélica incomparablemente superior.
Entonces surge otra pregunta: ¿quién amenaza realmente a quién?
Las heridas de una guerra que Cuba no olvida
Mientras Washington denuncia supuestas operaciones cubanas, La Habana responde exhibiendo una larga lista de episodios que considera pruebas de la agresión estadounidense.
El gobierno cubano recuerda los programas de cambio de régimen, los intentos de asesinato contra sus dirigentes, los atentados terroristas, las acciones de guerra psicológica y otros episodios que forman parte de la historia de enfrentamiento entre ambos países.
También menciona documentos desclasificados de organismos estadounidenses que muestran actividades de inteligencia dirigidas contra Cuba desde los primeros años de la Revolución.
El caso de los llamados «Cinco Cubanos» constituye otro capítulo de esta disputa. Para La Habana, aquellos ciudadanos fueron condenados injustamente por espionaje cuando, en realidad, buscaban obtener información sobre organizaciones violentas radicadas en Florida para prevenir acciones terroristas contra la isla.
Para Washington, en cambio, se trató de una operación de espionaje.
La misma historia. Dos relatos completamente opuestos.
El fantasma del nuevo macartismo
Para Díaz-Canel, la ofensiva contra Cuba forma parte de un fenómeno más amplio que definió como un «neo-macartismo transnacional».
La comparación no es casual.
El macartismo histórico convirtió la lucha contra el comunismo en una herramienta de persecución política dentro de Estados Unidos. Ahora, según la interpretación cubana, esa lógica estaría adquiriendo una dimensión internacional.
El enemigo ya no sería únicamente Cuba.
La construcción de una supuesta amenaza exterior podría servir, advierten desde La Habana, para ampliar el campo de batalla contra movimientos, organizaciones y sectores políticos identificados con la izquierda.
En ese escenario, Cuba funcionaría como el primer objetivo de una estrategia mucho más amplia: crear un enemigo, asociarlo con todos los males y utilizar ese miedo para legitimar medidas excepcionales.
La guerra ya comenzó, aunque todavía no haya tropas
La historia demuestra que las guerras no siempre comienzan con un bombardeo.
Muchas veces empiezan mucho antes.
Comienzan con discursos.
Con informes.
Con campañas mediáticas.
Con enemigos construidos en el imaginario colectivo.
Con la repetición sistemática de una palabra: amenaza.
Según el análisis de Ángel González, eso es precisamente lo que estaría ocurriendo con Cuba.
La guerra contra la isla, sostiene, ya existe. No es todavía una guerra militar, sino una guerra económica, política y comunicacional.
El bloqueo es el arma económica.
La propaganda, el arma política.
Y la construcción de una supuesta amenaza, el argumento destinado a justificar todo lo demás.
La verdadera batalla, entonces, no se libra únicamente en los despachos de Washington ni en las calles de La Habana.
Se libra en el terreno de la información.
Porque quien consigue imponer la idea de quién es el enemigo también consigue, muchas veces, imponer la idea de qué está permitido hacer contra él.
Y si la historia enseña algo, es que antes de que una potencia ataque a un país, suele necesitar convencer al mundo de que ese país merece ser atacado.
La pregunta, esta vez, es si Cuba está siendo presentada como una amenaza porque realmente lo es o porque Washington necesita desesperadamente que el mundo crea que lo es.
La respuesta determinará, quizás, hasta dónde llegará la próxima escalada.
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